Videoclips de cuarentena: de las aulas al corazón de una orquesta

Compartimos la nota publicada por el Diario La Nación acerca del funcionar actual de la Orquesta de Tango del Colegio y de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini.

Cerca de un centenar de alumnos e integrantes de las comunidades educativas del Colegio Nacional Buenos Airesy la Escuela Superior Carlos Pellegrini integran dos grandes formaciones musicales que no han sucumbido a la pandemia y continúan con sus ensayos y actividades creativas replicando sus notas en el espacio virtual.

Bajo la dirección del músico y profesor Gustavo Dinzelbacher, ambos proyectos surgidos hace ya más de una década reinventan sus dinámicas y producen nuevo material conjunto que presentan como videoclips de cuarentena. Las exquisitas realizaciones surgen de un trabajo de semanas en el que cada agrupación escoge un tema, lo trabaja por secciones, abarca un proceso de grabación individual y culmina con la mezcla audiovisual de las participaciones.

Ambas orquestas nacieron de un censo de los alumnos que tocan música en los colegios. Tras una convocatoria y en función de los perfiles, se crean las formaciones, que van cambiando en su composición cada un período de cuatro o cinco años a medida que el alumnado se renueva. Así, el Pellegrini cuenta ahora con una big band de jazz y el Nacional, con una orquesta de tango. “Dependiendo de con qué instrumentos contemos armamos un organigrama de orquesta posible”, explica el director.

Gustavo Dinzelbacher dirige a los músicos de forma remota en un ensayo
Gustavo Dinzelbacher dirige a los músicos de forma remota en un ensayo

Ahora, reuniones y ensayos se materializan vía Zoom, donde los referentes tocan con el micrófono abierto y los jóvenes acompañan con los suyos cerrados. “Cada músico se escucha a sí mismo en directo mientras escucha al referente, como una forma de mantener el vínculo y de generar música juntos aunque estemos separados, tratando de seguir siendo una orquesta”, agrega.

Por iniciativa de Dinzelbacher, la orquesta del Pellegrini surgió en 2006 y ya pasó por distintas formaciones: de jazz, folclore, tango y músicas latinoamericanas. Ahora, es la Big Band Pelle, integrada por 24 músicos de entre 14 y 20 años, con sección de maderas, saxos, bronces, cantantes y base de batería, contrabajo, guitarra eléctrica y piano. En su repertorio, traslada a su estética diversas músicas y acaba de estrenar una versión jazzera de “Candombe para Gardel”, de Rubén Rada, ensamblada con grabaciones remotas y difundida en las redes.

A sus 17 años y con cuarto año en curso, Lorenzo Aznar toca el saxo alto en la formación. Sobre los ensayos en tiempos de pandemia, señala: “Estar separados significa no poder compartir el vivo pero es muy interesante cómo fue adaptándose la orquesta para continuar con su misión. Grabar los videos es muy interesante porque puedo practicar varias veces y pulirlo, lo cual exige que lo hagas mejor”, apunta. Para él, formar parte del proyecto con músicos más experimentados y de otras edades es sumamente enriquecedor y lo motiva a esforzarse más. “Estar en la orquesta de mi colegio me hace sentir bien y tengo como una nueva apreciación de ser una pequeña parte de algo mucho mayor, que me enorgullece”, señala el joven cuyos gustos musicales van del jazz al rock, el funk y otros estilos.

De su misma edad, Ramiro Martínez es baterista en la Big Band. “Tecnológicamente, es casi imposible tocar en simultáneo pero buscamos alternativas, nos juntamos esporádicamente y organizamos métodos”, señala. “Me encanta la banda, sigo disfrutando mucho el tiempo en conexión con este espacio y que la orquesta sea del colegio le da otro toque porque conocés a gente con la que después te cruzás, de otros años, y se arma algo muy hermoso”, señala. Ramiro toca también el piano, el bajo y la guitarra y ha vuelto a sumergirse durante buena parte de la cuarentena en la discografía de Spinetta.

La Orquesta de tango del Nacional, por su parte, cuenta con más de sesenta músicos: sección de bandoneones, cuerdas completa, maderas y base, y se subdivide en dos formaciones: una de alumnos y otra de ex alumnos. En su repertorio cuenta con obras originales (Senanes, Morgado, Dinzelbacher, Graciano) y con versiones de tangos clásicos, aunque también aborda músicas de otros géneros que traslada a una estética tanguera en la búsqueda de una identidad propia e intentando explotar al máximo las características de la formación y de sus músicos. Creada en 2011 por iniciativa de Dinzelbacher y con la gestión del rector Gustavo Zorzoli, la formación se ha presentado en importantes escenarios (Teatro Colón, Usina del Arte, CCK) y grabó un disco de estudio.

Violeta Wiersniever es violinista de la formación de ex alumnos. Empezó en primer año, a los 13, y hoy, a los 20, es referente de alumnos, dentro de un mecanismo de retroalimentación y transmisión de enseñanzas que plantea la escuela. Sobre sus años en la orquesta, señala: “Me aportó una sensación de pertenencia muy gratificante y, durante el tiempo como alumna, dio un nuevo significado a mi paso por el colegio. No era decir solo vengo a estudiar y a aprobar, sino que además era parte de un proyecto cultural que está buenísimo y que cuando íbamos a tocar,representaba a mi colegio. La orquesta se convirtió en una segunda familia para mí, y ahora como docente ocupo el rol de pasarle la antorcha a las generaciones más jóvenes”, expresa. Aficionada tanto al tango como a la música clásica, el rock nacional, el pop, el indie estadounidense y el folclore, se enorgullece del “Candombe para Figari” y de la puesta de “Oro y plata” grabadas en sendos videoclips por la orquesta en cuarentena.

El joven Lucio Talarico es pianista en la misma agrupación. Para él también es una satisfacción poder continuar recibiendo un seguimiento particular por parte de los profesores y seguir ensayando y grabando a pesar de la pandemia. Del mismo modo, destaca lo positivo de vincularse con otras personas dentro del ámbito escolar. “Disfruto un montón el poder construir colectivamente un sentido y transmitir una idea y emociones a través de la música dentro de la orquesta”, afirma.

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Concurso de video de la Asociación Cooperadora “Amadeo Jacques”

Compartimos el concurso organizado por la Asociación cooperadora “Amadeo Jacques”.

Podés contar tu perspectiva de la cuarentena que se originó por la emergencia sanitaria derivada del COVID-19 y la mirada que, a partir de ella, tenemos sobre el futuro, el aburrimiento, la ansiedad y el miedo, la familia y la convivencia, los amigos y amores a distancia, el colegio y el estudio virtual.

Acompañará el siguiente jurado:
-Ernesto Ardito: Director de Sinfonía para Ana
-Florencia Fernández Feijoó: Realizadora audiovisual y docente. Profesora de Técnicas Audiovisuales en la Universidad del Cine
-Alejandro Hartmann: Documentalista y realizador. Docente Imagen y Sonido en FADU
-Carlos Blanco: Jefe de Departamento Historia del Arte CNBA y Prof Adjunto Universidad del Cine.

Podés elegir hacerlo en grupo o individualmente.
Prepará la cámara y sumate a esta experiencia!
Acceda aquí a las bases
Inscripción: aquí

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¿Cómo será este año el curso de ingreso para las escuelas de la UBA?

Compartimos la nota publicada esta semana en el Diario Página 12, donde informa la nueva modalidad de cursada que tendrá el curso de ingreso al Colegio, dada la situación sanitaria actual. Vale destacar que durante el tiempo transcurrido los alumnos han recibido un acompañamiento remoto virtual, por lo que no han estado sin material de estudio. Por ese motivo, se ha omitido una parte del artículo en el cual se dice que el curso había sido suspendido en meses anteriores.

Debido a la extensión del aislamiento social y la imposibilidad de fijar fecha para el reinicio de las actividades presenciales, la Universidad de Buenos Aires decidió que los cursos de ingreso para sus escuelas secundarias se realizarán de forma remota y su duración será de cuatro meses, entre septiembre y febrero. Luego, habrá un examen presencial. Ahora el rector de la UBA, Alberto Barbieri, le encomendó a la Secretaría de Educación Media la virtualización completa del curso que tendrá como fecha de inicio el 1 de septiembre y se realizará con material digitalizado de acceso libre, foros de consulta periódicos y los simulacros de exámenes respectivos. Aunque el curso se dará a distancia, las autoridades confirmaron que los ingresantes serán evaluados de manera presencial.

“En realidad, esta decisión es producto del problema que estamos viviendo. Nosotros teníamos la expectativa de que en junio o julio íbamos a poder volver a la presencialidad pero lamentablemente ya sabemos que este año no”, explicó a PáginaI12, el secretario de Educación Media de la UBA, Oscar García.

 Habitualmente, el curso de ingreso comienza en el mes de marzo y finaliza a fines de noviembre. Los aspirantes suelen cursar los sábados de forma presencial, de 8 a 12.30. Todos los años, el total de inscriptos a cada escuela suele ser de 1500 y sólo ingresan alrededor de 450.

Con esta nueva decisión que tomó la UBA, el curso se iniciaría el 1 de septiembre y finalizaría en febrero, con un receso en enero. Los alumnos del curso tendrán acceso a aulas virtuales donde podrán acceder al material digitalizado de manera libre y gratuita, clases sincrónicas a través de plataformas como Zoom o Meet, simulacros de exámenes y foros de consulta.

“Durante todo el mes de agosto vamos a realizar un proceso de adaptación para virtualizar todos los contenidos y armar aulas virtuales”, señaló García.

En cuanto a los contenidos que se evaluarán, el secretario de Educación Media explicó que habrá una reconfiguración del programa, priorizando aquellos contenidos esenciales que garanticen el nivel académico que caracteriza la formación de los colegios de la UBA. Asimismo, aquellos temas que hayan sido trabajados en el periodo de acompañamiento virtual durante estos últimos meses serán revisados y acreditados.

“Vamos a tener una reunión con los coordinadores y equipos académicos para capitalizar todo aquello que ya se había hecho. Porque estos meses los chicos tuvieron acceso al material y a las guías subidas en las páginas de las escuelas y fueron haciendo algunas actividades de matemática y lengua”, indicó García y añadió: “También vamos a reducir los contenidos a aquellos esenciales ya que la duración del curso es más acotada respecto de lo que normalmente es”.

Las evaluaciones serán tomadas de forma presencial entre diciembre y febrero del año que viene. Los ingresantes tendrán que rendir exámenes de cada asignatura: Matemática, Lengua, Historia y Geografía. En el mes de marzo estarían los resultados  de los exámenes de ingreso al Nacional y el Pellegrini. Las otras escuelas que dependen de la UBA: el Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), la Escuela de Educación Técnico Profesional en Producción Agropecuaria y Agroalimentaria, el Colegio Preuniversitario de Escobar tienen sus propios sistemas de ingreso y la Escuela de Educación Técnica de Villa Lugano no toma examen.

“Optamos por tomar los exámenes de forma presencial para evitar cualquier irregularidad que se pueda generar con la virtualidad. Para eso vamos a tener que habilitar más establecimientos para distribuir a los alumnos en más aulas con la aplicación e instrumentación de protocolos que ya fueron aprobados”, señaló García.

Si bien la decisión de iniciar el curso en septiembre ya está encaminada y confirmada, todavía no se aprobó la resolución final. “Aún no elevamos nada al Consejo Superior porque estamos en un proceso de modificación del curso, debatiendo bien la cuestión de la reducción de los contenidos y la toma de los exámenes -señaló García-. Pero es algo que ya fue discutido con la Secretaria Académica y con el rector.”

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Nuevo Taller de Narración Oral

De la mano de Vanina Fabiak estamos conformando un nuevo grupo de narración oral y conversación escénica, donde también se tratará la transmisión viva de la poesía. El taller se dicta los días viernes a las 15.30 horas y es de carácter semanal.

Se abordarán cuentos y poemas propios y ajenos, así como también anécdotas que esos escritos guarden para quienes los seleccionan.

Inscripciones a vaninafabiak@yahoo.com.ar ¡Sacate además, todas tus dudas!

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Legal Challenge 2020| 3° Puesto para el CNdeBA

Felicitamos a los alumnos Ana Batallán, Paco Diaz y Lucas Sandleris de 5to año, 9na. Div. quienes participaron en la instancia final del concurso organizado por la Universidad Austral para alumnos que estén cursando los dos últimos años del ciclo secundario, denominado Legal Challenge 2020. El mismo consistió en la defensa de una posición jurídica en un caso trascendente de jurisprudencia.

En esta oportunidad se tomó el caso New York Post vs. Estados Unidos de la Corte Suprema de Estados Unidos de 1971, en el que se debatió el derecho del gobierno de ese país a impedir, por razones de seguridad nacional, la publicación de un informe secreto del desarrollo de la guerra de Vietnam. Nuestros alumnos obtuvieron el 3er. puesto entre los que defendían al gobierno de Estados Unidos. Los primeros de cada grupo participaron de un debate final.

Cabe aclarar que la competencia no fue presencial, sino que se realizó de modo virtual a través de la plataforma zoom.

¡Muy bien hecho!

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Charla con Leonardo Glikin

El pasado miércoles 22 de julio, Leonardo Glikin, promoción 1972, brindó una charla online vía zoom titulada “Pensar el futuro para mejorar el presente.. y viceversa”.

La misma puede ser vista aquí:

Algunos de los interrogantes que nos han sugerido plantearnos a reflexionar en la reunión han sido:

  • ¿Cómo nos imaginamos el país, la región y el mundo dentro de 10 años?
  • ¿Cómo imaginamos nuestro ámbito de incumbencia dentro de 10 años?
  • ¿Qué áreas a las que nos dedicamos enfrentarán los mayores cambios?
  • ¿Qué innovaciones tecnológicas nos pondrán en camino para ese cambio?
  • ¿Qué debemos aprender para tener éxito en el futuro.?
  • ¿Cómo será el líder del futuro?

 

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Todos los caminos conducen a Roma. Pandemias en el mundo antiguo

Me pregunto qué pensarán dentro de 2 mil años de este imperio, el actual, el de ahora. (Si es que perdura este castigado planeta con su actual destructora civilización).

¿Cómo verán lo que fue ser de la actual clase media, comiendo relativamente bien, poniendo música y sentándonos en nuestro sillón favorito a reflexionar sobre el mundo?.

Pero vayamos hacia atrás, a cómo era la vida en el Imperio Romano hace unos 2 mil años.

Para el año 400 d. C. Roma tenía 19 acueductos, 47 mil bloques de departamentos, 856 baños, 254 panaderías, 28 librerías y 46 prostíbulos. Y todo eso era bastante menos de lo que había sido.

Para el año 14 d. C, cuando la muere del emperador Augusto, Roma ya tenía casi un millón de habitantes y ni siquiera era la ciudad más grande del Imperio, Alejandría la seguía de cerca o bien era aún mayor -Sepamos que Londres alcanzó el millón de habitantes para la época de la revolución francesa, 1800 años después-.

Aquel Imperio abarcaba la Europa occidental; una parte de la oriental; el norte de África hasta el Sahara y Etiopía; y toda Turquía; el Medio Oriente; Armenia, y toda la región entre ellas.

Una cuarta parte de la población del mundo vivía dentro del Imperio. Entre los años 1 al 150 d. C., la población pasó de unos 60 a 75 millones de habitantes.

 Los diarios cultos del 1er mundo suelen tener una sección de arqueología, en esa sección la noticia es, casi siempre, el hallazgo de reliquias en cementerios romanos. Hay mucha gente culta en el 1er mundo, como también la había en aquella Roma, o en cualquier gran ciudad deI viejo imperio.

Una ciudadana romana en Inglaterra podía ser nacida en Siria, casada con un comerciante libanés; usar perfume que venía de Chipre y vestidos de Marruecos, y tal vez comía escabeche de España en platos fabricados en Francia. Las cartas de sus familiares en la otra punta del Imperio tardaban solo una semana en llegarle -el correo romano era más rápido que mercado libre y más confiable-. Y todo eso sin mucha más tecnología que el barco de vela y el carro de caballos.

Supongo que todo el mundo conoce al Imperio de la Guerra de las Galaxias, y también que ese imperio se nutre de los libros de Isaac Asimov, así como también en ellos se inspiran las historias de robots, androides y extraños seres, Viaje a las Estrellas (donde Asimov trabajó como asesor científico), y cualquier otra cosa intergaláctica asimilable a la ciencia ficción.

Lo que no sé, es si muchos conocen que, los libros sobre aquel otro viejo Imperio, están basados en los libros del historiador británico Gibbon: “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano”. En ellos él describe los tiempos de gobierno de los “emperadores buenos” del siglo II, como la era de mayor felicidad de la especie humana.

Para lograr que ese formidable Imperio funcionara, los romanos contaban, según Gibbon,

con 3 herramientas formidables:

– En 1er. lugar el ejército invenciblecon el cual podían aniquilar pueblos enteros sin esforzarse demasiado.

– En 2do., la asimilación de la clase dirigente de los pueblos conquistadoscomo sigue sucediendo actualmente en el Tercer Mundo.

– En 3ero. la burocracia del Estado Romano.

 Esta fórmula de la “felicidad“, a mí me resulta ciertamente extraña.

Sumada a estas causas hay una base económica: la productividad creciente, sobre todo agrícola -aunque muy diferente a la del mundo moderno-, y sustentando todo eso está el gran secreto: el clima. Detrás de la era de oro del Imperio se encuentra el “óptimo climático romano”, desde el año 200 a. C. hasta el 150 d. C.

Hubo quien compiló explicaciones sobre la caída del Imperio, y llegó a ofrecer 210 causas. Gibbon, para el 1800, ponía como principal factor a la religión cristiana.

Para Asimov (como historiador) también una variable muy influyente en la caída del imperio Romano de occidente fue la entrada de los mongoles (Hunos de Atila), con la ventaja de luchar a caballo contra legiones y escuadrones de a pie.

 Los huesos encontrados por los arqueólogos evidencian que las poblaciones bajo el dominio romano se encontraban más expuestas a enfermedades y en peores condiciones físicas que antes de ser conquistadas por ellos. Por cierto, si bien Roma contaba con agua corriente; cloacas y baños públicos, nada de eso evitaba que la malaria, por ejemplo, fuera endémica allí. Además, junto con el perfume, la vajilla y las innovaciones tecnológicas, la civilización romana esparcía la tuberculosis y la lepra.

La mortalidad infantil se acercaba al 30 % y a expectativa de vida era de alrededor de más de 25 y menos de 30 años. El emperador Marco Aurelio (161 al 180 dc) tuvo 14 hijos de los cuales solo 2 lo sobrevivieron. Y -en contra de lo que muchos creen-, en aquel Imperio había, proporcionalmente, bastante más clase media que en la mayor parte del 3er Mundo de nuestro siglo XXI.

 Vayamos ahora a la primera pandemia documentada.

Galeno llegó a Roma en el año 162. Aquí en Buenos Aires hay un servicio prepago de medicina llamado Galeno, pero en realidad este es el nombre de quien está considerado como el médico más importante que haya existido. Y ¿con quienes trabajaban los mejores doctores del Imperio?: con los gladiadores. Extirpaban tumores y hacían operaciones de corazón, pero no tenían ni idea de que podían existir los pequeños enemigos llamados virus o bacterias (aunque sí sus consecuencias).

 En el año 161 d. C. los persas derrotaron a algunas legiones romanas. Pero para el 166 los romanos ya los habían aplastado. Si, el actual no es el primer imperio en entrar en guerra contra los iraníes (antes también los hindúes, y los musulmanes). Los romanos estaban convencidos de que la peste había sido traída desde Persia. Pero hay evidencia de que la pandemia había comenzado al menos un año antes de que volvieran las legiones.

La peste había atacado Arabia ya unos años antes del 166 y de allí había pasado a las posesiones romanas del Mar Rojo. La viruela se expandió por todo el Imperio, incluso entre los notables de la sociedad. La respuesta fue la única lógica en aquellos tiempos: religiosa. Creyeron que se trataba de la “venganza de Apolo”. Y, parece mentira, ¿Qué fue lo que prohibió el iracundo Apolo?: Besarse.

 En toda pandemia que se precie siempre hay un animalito que la juega de villano transmisor, en esta 1era pandemia de la que se tiene noticia fue una rata del desierto. El final del óptimo climático romano lo generó una creciente sequía en el norte de áfrica, las ratas se desplazaron dirigiéndose a los sembrados y zonas cercanas a las ciudades. Contagiaron primero a los camellos, y parece ser que luego ese virus mutó y se convirtió en Variola Major, la viruela. La descripción moderna de la enfermedad coincide en un 100 % con la de Galeno. Lo que es mucho decir. Galeno escapó de Roma unos días antes de su llegada.

 La viruela es sumamente contagiosa, tanto como el sarampión pero más mortal (alrededor del 30 % de los casos, más de 6 veces el coronavirus), deja secuelas como deformidad o ceguera, y se contagia de persona a persona, cosa de la cual los romanos tenían conocimiento. El periodo de incubación es de entre 7 y 20 días sin contagio. A partir de ahí la victima siente malestares como los de la gripe y comienza el contagio. Luego tiene fiebre, un brote terrible en la piel y entonces, si sobrevivió, viene la recuperación. Se supone que el 70 % de los que estuvieran en contacto con un infectado desarrollarían la enfermedad. 

Aunque escapó de Roma, Galeno debió enfrentarse con la viruela en el norte de Italia.

Todavía en el 172 la peste seguía su curso a través del Imperio. También hubo rebrotes, el último registrado en Roma fue en el año 191.

Es difícil estimar el número de víctimas, pero se sabe, por ejemplo, que el emperador Marco Aurelio tuvo que reclutar nuevos esclavos y gladiadores para el ejército. Hay registros de una legión que perdió alrededor del 20 % de sus hombres con la plaga. Un cálculo muy moderado, nos da más de 7 millones de muertos. La catástrofe más grande de la historia de la humanidad hasta ese momento.

La economía entró en crisis, el emperador vendió sus propiedades para financiar sus campañas en el Danubio y en la Germania, y en ninguno de los 2 casos pudo obtener una victoria decisiva. Aunque logró resistir, el Imperio Romano ya nunca más volvería a ser lo que había sido.

Pero como todo pasa en esta vida, a fines del siglo II comenzó a gobernar la dinastía de los severos y volvió un período de bonanza, esa época 193 a 235 dc, se construyeron las últimas obras monumentales del Imperio en occidente, baños, templos y acueductos.

 

Pasemos a la segunda pandemia documentada.

Pasado el óptimo climático las temperaturas descendieron y las lluvias se volvieron más irregulares. Una secta anunciaba el fin del mundo: los cristianos. No solamente los cristianos, los rabinos también han registrado sequias sin precedentes. Ese cambio climático llegó a afectar al delta del Nilo, granero del Imperio.

Cipriano, después San Cipriano, nació en la época de los severos, en una familia acomodada. Hacia los años 245-246dc se hizo cristiano. En el 248 se convirtió en el obispo de Cartago. De él proviene el principal testimonio de la pandemia, y por ello se la conoce como “Plaga de San Cipriano”. No sabemos tanto de esa peste debido a que no hubo ningún Galeno de la época que la describiera confiablemente.

Esta vez la peste nació en Etiopia, pasó luego a Egipto y siguió hacia el norte dejando un camino plagado de fosas comunes. El obispo de Alejandría reportó la catástrofe en el año 249dc. En el 251 asoló Roma. Las fuentes indican que la plaga duró 15 años, y que podría haber habido una 2da ola en año 260 y que el emperador Claudio murió por esta peste en el año 270.

La única descripción a fondo de la plaga es la de Cipriano y podrían ser los síntomas de la viruela, o no, otras posibilidades son la gripe española, o la fiebre hemorrágica. Hay testimonios de la población de Alejandría descendiendo desde el medio millón hasta los 200 mil, pero además de los muertos hay que considerar en la cuenta a los que huyeron.

Su resultado fue, junto a otros factores, la caída del Imperio, las fronteras fueron desbordadas: los germanos; godos; sármatas y sobre todo los persas, estaban al tanto de la debilidad del Imperio. En el año 260dc los invasores llegaron hasta los suburbios de Roma. Para ese año el Imperio ya estaba dividido en 3: el de la Galia, el de Palmira y el de Italia.

¿Cómo se acostumbra salir de las crisis graves ya desde la antigüedad?:

con un golpe de estado.

Los antiguos senadores y jerarcas de Roma quedaron en el olvido, el Imperio quedó a cargo de una casta militar.

Y el viejo imperio cambia de ser uno legitimado por la tradición y la legalidad a un imperio armado por la fuerza.

 

Como los practicantes de la antigua religión acusaban a los cristianos por la plaga; la crisis, y la decadencia, el emperador Decio (perteneciente a la casta militar), exigió rendirle culto a los antiguos dioses.  Comenzó entonces la persecución de cristianos. Aún así, aunque en el año 200 los cristianos no llegaban al 0.1 % de la población total del Imperio, para el año 259 los templos paganos ya prácticamente estaban dejando de usarse y se sabe que en Egipto, en el año 300dc los cristianos sumaban el 20 %.

Evidentemente las masas nunca dejan de ser religiosas, y ante las crisis o bien se ciñen más fuertemente a su fe, o simplemente la cambian por otra religión.

También es muy probable que fuera la ética de aquellos cristianos la que conquistara la simpatía de la gente. En medio de una pandemia, el solo hecho de ocuparse de los enfermos, puede reducir considerablemente la mortalidad, y esto, claro está, era muy valorado.

 

Constantino quien gobierna desde el 306 dc hasta el 337, y a pesar de sus indecisiones religiosas, es considerado el primer emperador cristiano, y fundador de Constantinopla y Bizancio, una especie de 2do Imperio Romano, con senado y todo.

 

A medida que avanza el siglo IV el clima empieza nuevamente a desestabilizarse, vuelven las sequias y las malas cosechas, problemas similares empujan a los Hunos, una tribu nómade de guerreros que prácticamente nacían ya montados a caballo y contaban con la mejor arma de la época: un tipo de arco bastante particular. Estos, al mando de Atila, se dirigieron primero hacia occidente, obligando a los godos a emigrar. Esa inmigración termina guerreando contra el Imperio y derrotándolo en la famosa batalla de Adrianópolis. Y no es casual que todo esto sucediera en un momento de hambruna general. Y aunque en los documentos no figura ninguna gran pandemia, eso no quiere decir que junto con las conquistas no existiera también una expansión de las enfermedades endémicas y durante los siglos IV y V, varias veces fueros diversas epidemias las que frenaron a los invasores protegiendo fronteras.

 

La parte oriental y la occidental del Imperio ya habían comenzado a diferenciarse: el occidente decaía y la parte oriental empezaba un proceso de auge económico, y a partir del año 395dc. cada mitad ya tenía su propio emperador. El occidental empezaba, por fin, a despedirse y en la práctica, para el año 410 ya no había más Imperio en occidente.

Los libros de historia dicen que el Imperio terminó de caer en el 476, sin embargo, para esas fechas el Imperio de oriente entraba en una etapa de florecimiento y los senadores romanos en Constantinopla se hubieran sorprendido mucho si les hubieran informado de su propia caída.

 

Si hubo algo que caracterizó al emperador Justiniano, fue una ambición desmedida, aunque apoyada en un ejército romano de verdad, y al mando de Belisario, el mejor general que el mundo haya visto. En una serie de campañas increíblemente exitosas, llevadas adelante con medios modestos logró recuperar el África romana, el sur de España y casi toda Italia.

Cierto es también que su campaña en Italia fue la principal causante de la ruina de ese país ya que fue destruido por los conquistadores. Para el año 550 en Roma quedaran solo 20 mil habitantes. A estos gastos hay que sumarle el más grande programa de construcción de la historia del Imperio (Solo en Bizancio levantó los templos de Santa Sofía, Santa Irene, los santos Sergio y Baco y los Santos Apóstoles).

Justiniano gobernaba conjuntamente con su esposa la emperatriz Teodora y aunque

el gran historiador Procopio califica a la pareja como demoníaca, en la tradición del cristianismo ortodoxo se los considera santos a los que se deberían dirigir plegarias.

Quien esto escribe piensa que ningún gobernante es realmente grande hasta que no se lo demoniza, y que solo los mediocres le temen a la intensidad. Pero ojo, hay demonios muy contradictorios a lo largo de la Historia humana.

En Constantinopla una de las ocupaciones del emperador era controlar el estado de las reservas de grano, los silos se extendían por todo el Imperio, y con ellos… las ratas.

 

3era pandemia documentada.

Otra vez se hace presente el cambio climático, en este caso brusco, el año 536 es conocido como “el año sin verano”, debido una serie inusual de erupciones volcánicas. Además los años alrededor del 530-540 son los más fríos de la historia registrada.

Entre otras calamidades, los romanos habían llevado consigo a todas sus conquistas a una especie asiática de rata. La rata negra es un animalito que prospera en ambientes humanos, adora los cereales y se incorpora con facilidad a las embarcaciones y medios de viaje diversos.

La bacteria Yersinia pestis -esta vez no es un virus- normalmente vive en marmotas, ardillas y ratas de campo, y se trasmite de roedor a roedor, y los humanos a través de la picadura de pulgas.  La enfermedad se presenta básicamente en 2 formas: la bubónica, los bubones son los ganglios hinchados por la infección que deriva de la picadura de la pulga y la neumónica que se difunde por la tos. En un mundo sin verdaderos hospitales ni verdaderos médicos, la bubónica tiene una mortalidad del 80 %, y la neumónica podríamos decir que es mortal siempre. Hay una tercera variante, irresistible en su crueldad, cuando la bacteria en vez de ir al sistema linfático pasa directamente a la sangre. En esos casos el paciente muere en unas horas, sin presentar síntomas.

Galeno no menciona la peste bubónica, pero algunos otros autores del siglo I sí.

Esta peste es sensible a la temperatura, frente al calor, se presenta principalmente en su forma bubónica, en cambio durante períodos fríos, como neumónica.

 

La primera ciudad documentada, que visita estaa peste es Pelusium en el delta de Egipto. Resulta extraño imaginar a Procopio, tomando notas, en medio del panorama que describe: muertos  amontonándose, gente con bubones del tamaño de una ciruela, cubierta de ampollas negras, vomitando sangre. Si los bubones supuraban pus, era posible que el paciente sobreviviera, aunque deformidades y parálisis fueran una secuela probable.

Alejandría quedó abandonada y desierta.

A través del Medio Oriente, dejando ciudades despobladas a su paso, la plaga se dirigió hacia Constantinopla, llegó para el 542 d.C., y como en toda plaga que se precie, los pobres se enfermaron primero, pero después los poderosos sucumbieron también. En ese primer brote, llegaron a morir 4 mil personas por día. Las victimas llegaron a ser 250 a 300 mil, entre el 50 y el 60 % de la población. Toda actividad económica se detuvo, faltaba la comida, y la mayor parte del personal del palacio imperial contrajo la peste. Justiniano también pero sobrevivió. Los muertos fueron arrojados a tumbas colectivas.

No hay duda de que la plaga avanzó por todo el Imperio de oriente y los antiguos territorios de occidente debido a que, aun en la caída, los lazos comerciales se mantenían. Para el año 543 la epidemia había llegado a la Galia. En lugares lejanos de occidente se han encontrado fosas comunes de cadáveres con Yersinia pestis.

Las ratas continuaban siendo una reserva de peste, de modo que durante 200 años, mientras los bizantinos fueron potencia, siguió habiendo rebrotes, asociados al permanente comercio e intercambio entre regiones..

El final de este relato transcurre en el 559, cuando una banda de bárbaros locos a caballo, cruza el Danubio congelado. Van hacia Constantinopla, la situación es desesperada, el emperador Justiniano llama a su gran general retirado hace años: Belisario para enfrentar a los invasores. Todo lo que consigue reclutar son 300 soldados.

 

Mirando los hechos percibo que las pandemias suelen estar relacionadas con cambios climáticos, por la migración de animales e insectos que se producen (entre otras alteraciones). También que cuanto mayor es la globalización, el cruce permanente de fronteras por personas y productos, más se esparcen las enfermedades.

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Volver al aula para reconstruir una sociedad, por Federico Lorenz

Compartimos el ensayo publicado en Revista Anfibia, por Federico Lorenz, promoción 1988

En la primera mitad del año se borraron las divisiones entre las casas y las escuelas. Cada hogar se transformó en una institución educativa y, a la distancia, les docentes tuvieron la tarea primordial de sostener la socialización y la formación de les pibes. Aún en la emergencia la posibilidad de imaginar un futuro tiene que ser parte de ese aprendizaje, dice Federico Lorenz. Porque limitarnos a responder “cómo volvemos a clase” es un pecado: la pregunta fundamental es qué tipo de mundo queremos construir desde las escuelas.

Hace dos años publiqué Elogio de la docencia. Allí planteé la necesidad de recuperar la escala humana para pensar el mundo desde las escuelas, y proponía que las aulas eran espacios de resistencia frente a una sociedad excluyente, individualista y volcada a las redes. En marzo de este año, Anfibia publicó un artículo en el que al comienzo afirmé: “Nuestro ámbito de trabajo está en crisis porque la sociedad también lo está, pero se espera de la escuela las mismas soluciones que hace medio siglo”. Allí recogía las opiniones de colegas de distintos lugares del país. Decían que “esperábamos un año sin sobresaltos”. La nota concluía: “Hay un peligro latente, que es el de la salida individual ante un panorama hostil, que no hace más que reproducir lo que sucede fuera de la escuela. La invocación a lo colectivo no puede ser vana, sino anclada en lo que hacemos todos los días. Tiene que materializarse en algo concreto. Treinta personas reunidas en un aula que detienen el tiempo para pensar juntos nunca va a dejar de ser un buen punto de partida”.Hoy, cuatro meses después, escribo en aislamiento, conectado de modo virtual con la mayoría de mis afectos, compañeros y estudiantes. Nada de lo que pensaba y esperábamos ha cambiado, salvo para peor. La realidad ha cerrado las aulas que proponía como trincheras para sostener lo que nos hace humanos: el diálogo, la solidaridad, la capacidad de proyectar. Para quienes creemos en el intercambio entre las generaciones propiciado en las escuelas como instrumento de cambio, este presente es una distopía.Quise hacer el mismo ejercicio que a comienzo de año: una mirada sobre las expectativas y las realidades de algunas/os compañeros de escuelas medias atrapados en la pandemia mientras trabajamos. Hace muchos años que escribo, pero encuentro que la conmoción impide ordenar ideas. Estamos en medio de un caos inesperado, que atravesamos día a día mientras llevamos de la mano a nuestros estudiantes.Escribí a los mismos compañeros y amigos que hace meses. Algunos me contestaron que estaban agotados y no podían pensar sobre el tema. Otros, tan enojados por la sensación de agresión permanente del contexto (de la situación, de los padres, de los directivos) que preferían callar.Dice Fabián, profesor en la zona Norte de AMBA: “Nadie estaba preparado para el encierro, que trajo problemas en las familias en lo económico, en lo psicológico, en la convivencia, en la soledad, y eso incluye a las familias de los docentes. La enseñanza se hizo difícil porque tuvimos que buscar conectarnos con alumnos a los que ni siquiera vimos una vez”. Es difícil hacer evaluaciones, aún  provisorias, dice Manuel, profesor en CABA: “Me cuesta mucho poder hacer un balance de estos meses de mi laburo. Todavía siento que estamos en medio de algo con futuro incierto”. Mónica, docente en Neuquén capital, cuenta: “Transité este período con ansiedad, bronca, impotencia por el bombardeo de resoluciones, disposiciones. La asquerosa burocracia alejada de la realidad  demuestra que algunos no pisan una escuela hace bastante tiempo”.Cierre-de-clases_01Port Cualquier reflexión sobre este primer semestre en el sistema educativo está atravesada por la sensación de emergencia. Los profesores tuvimos que improvisar, muchas veces librados a nuestro leal saber y entender. Cuenta Sylvia: “Se trata de falta de tiempo porque hay que asumir tareas que estaban distribuidas entre diferentes personas. El trabajo docente, por su parte, donde me toca, se hace con insuficiente discusión institucional y ahí veo un problema serio; unx lo vuelca en discusiones entre amigues colegas, pero esas son charlas rápidas y asistemáticas, esporádicas porque el tiempo no le sobra a la mayoría de mis compañerxs”.La bomba del COVID 19 cayó en un sistema en crisis, con deficiencias de infraestructura y profundas desigualdades, que se han acentuado mientras tratamos de mantener el lazo más elemental de comunidad. Una situación para la que muchos no estamos preparados. Mónica: “Este primer tramo fue una mezcla de sentimientos y sensaciones. Como tengo herramientas para trabajar con TICs [tecnologías de información y comunicación] personalmente no fue complicado, pero sí para mis compañeros/as que no tienen la capacitación suficiente. Más allá de eso empezamos buscando llegar a los/as estudiantes a través del e-mail, una búsqueda que en la escuela con más carga horaria la realizamos los/as propios/as docentes porque institucionalmente no nos sentimos acompañados/as, pero no fue un freno, fue más impulso para trabajar. La respuesta de los/as estudiantes fue escasa porque no cuentan con conectividad, computadoras, espacios para el estudio porque viven en viviendas precarias y son familias numerosas, y sobre todo son jóvenes y adultos/as con la preocupación de conservar lo poco que tienen, un trabajo, changa, etc”. Fabián coincide: “La falta de celulares, la ausencia de notebooks en las casas, la conectividad imposible atentaron contra el nexo con los estudiantes. Se nota el retiro de las aulas del plan Conectar Igualdad. Para los docentes implica poner el cuerpo y la mente 7×24. ¿Cómo se hace para atender por celular a 300 alumnos o más?”Con mis estudiantes más grandes tengo un grupo de whatsapp:-¡Hola, profe! ¿Hoy tenemos clase?-No, discúlpenme, pero se las debo. ¿Les parece la semana entrante?-Sí profe perfecto.-La verdad es que me gustaría, pero me tengo que poner un poco con mi hija más chiquita, está complicada con el ingreso. ¿Ustedes bien?-Que tierno jajaj, no se preocupe profe.-Si, profe! Todo bien.-Todo bien profe, nos parecía raro que no nos escribiera o mandara textos interesantes jajaj lo extrañábamos.-Esooo.-Nos preocupamos.-Nos habíamos acostumbrado a hablar casi todos los días por este grupo jajaja.-Che, ¡pero no tienen por qué esperar a que yo suba algo!-Tampoco nos queríamos poner pesados nosotros. Como Seba mandó un mensaje y no le contestó pensamos que estaba con sus cosas…No es casual que desde el comienzo del aislamiento hayamos empleado metáforas bélicas para referirnos a la pandemia, porque sus efectos sociales y económicos se asemejan a los de una guerra: mortandad, afecciones psicológicas, economías devastadas, ruptura de las comunicaciones. Nos aferramos a lo que podemos, a quienes nos prestan atención. Los vínculos, los lazos, las legitimidades, están sujetas a revisión por fuerza mayor, mientras situaciones estructurales de desamparo se agudizan.Algunas de las respuestas de mis compañeros muestran que la actitud de la conducción de las escuelas ha sido clave. Donde estuvieron a la altura, las cosas funcionaron, aún  cuando tuvieron que redoblar –o aprender a hacer- lo que el sistema ya venía haciendo antes de este estallido: asistencia social. Repartir comida, llamar a las familias, contener a los demás mientras sus propios hogares estaban sometidos a las mismas tensiones.Señala Fabián que “hay poco reconocimiento a la tarea docente, que en esta emergencia salió a sostener la escuela, tanto de gestión estatal como privada”. Sucede que la vara con la que muchos compatriotas nos miden por estos días es muy alta (por ejemplo, su propia desesperación frente a la contingencia) e ignora que vivimos las mismas tensiones que los demás. Esa excesiva demanda sobre los docentes, además de la sobreexigencia laboral, atacó a trabajadores cuyas condiciones de trabajo y su legitimidad social ya venían cuestionadas antes de que esta crisis los sometiera a prueba.Cierre-de-clases_02Se borraron las divisiones entre las casas y las escuelas. Cada hogar se transformó en una pequeña institución educativa. Nos hemos reído todos con los mensajes viralizados de padres escandalizados por las tareas que deben hacer, pero en realidad, esas situaciones tienen que leerse como una inmersión forzosa en la realidad del trabajo de los educadores en nuestro país, y del enorme grado de delegación de responsabilidades en la escuela que socialmente se había producido.Aún con mala conectividad, con noticias lóbregas a diario, con tensión, nuestros niños y adolescentes están aprendiendo. ¿Somos capaces de entender y acompañarlos en ese proceso? Se abre la posibilidad de una profunda revisión de lo que esperamos de un sistema educativo. Al comienzo del aislamiento hubo una reacción automática que tradujo “mantener la escolarización” como “no perder demasiados contenidos”. Una preocupación inicial que soslayó la urgencia de pensar las formas en las que transitaríamos con nuestros chicos estos días, y qué aprenderíamos todos de todo esto. Dice Manuel: “Seguimos mirando sólo cómo enseñamos y no qué y cuánto aprenden nuestros estudiantes; a qué ritmo; con qué recursos”. Silvina explica que “dejé de lado la constante lucha por terminar el programa de cada año.  Ahora valoro más, mucho más, los pequeños contenidos trabajados por los alumnos (aunque eso lleve a la no finalización del programa) y en esos trabajos buscar más las habilidades y capacidades de los propios alumnos en sus producciones”.Muchos preferimos ver la posibilidad en la crisis. Como señala Sylvia, en la cuarentena “se aprende mucho de producción de materiales, de organización de contenidos, de requisitos de aprendizaje, de regulación del propio tiempo, del tiempo en general… del valor de la sincronía, especialmente con lxs chicxs y adolescentes. La importancia de la voz, de las risas “en tiempo real” aunque no sean en el mismo espacio físico”. Desde un punto de vista virtuoso, podemos pensar en “alentar a disfrutar un vínculo didáctico que no está tan regulado por las calificaciones: en esos espacios hay muchxs profesorxs muy valiosxs trabajando en ese sentido; esa gente me enorgullece”. Pero a la vez, la situación de emergencia, la soledad en el esfuerzo (porque estar conectado no significa estar socializado) arroja dudas. Mónica: “No tenemos certeza sobre si los/as estudiantes se apropiaron de los contenidos porque los trabajos prácticos fueron, por lo menos para mí, la excusa para mantenernos en contacto”.***Nuestros estudiantes atraviesan un proceso de conmoción social: se han alterado sus horarios, su cotidianeidad, sus formas de sociabilidad. El futuro, que debería ser un momento de proyección de expectativas y deseos, hoy es incierto y amenazante. La sociedad espera “propuestas creativas” para ellos, y recrimina a quienes no se las proponen, pero en un contexto en el que un día no se diferencia mucho del otro. Esas contradicciones se actúan en el aula virtual. Hay una presión mayor: explícita o implícitamente, la pregunta mayor es “cuándo vuelven a clase”. A escuelas que nunca serán las mismas, y que desde ya que no deberían serlo. Las idas y venidas en anuncios oficiales, nacionales y provinciales, no hacen más que aumentar la incertidumbre: es obvio que las chicas y chicos quieren volver a verse con sus amigas y amigos, y para muchos de ellos la escuela es sinónimo de esa posibilidad.En la emergencia, la función primordial de las escuelas hoy es mantener la socialización de los niños y adolescentes mientras aprenden, lograr que el aislamiento solo sea físico, y que el miedo no domine sus conductas ni determine sus juicios. Pero aún cuando esa es la tarea principal, no se puede resignar la obligación de dejar abierta la posibilidad de soñar e imaginar el futuro. La desigualdad que la pandemia desnudó brutalmente se añadió a los efectos propios del fenómeno y se tradujo en las enormes dificultades que encontramos docentes y estudiantes para comunicarnos. Por eso es necesario enfatizar que lo que sigue no es la recuperación de una normalidad, sino una reconstrucción. Habrá que absorber y procesar lo vivido mientras lloramos a nuestros muertos y aceptamos que los momentos perdidos por el aislamiento no se recuperarán. Habrá que procesar la idea de que la muerte nos rozó, y eso es algo muy difícil de transitar con nuestras chicas y chicos, aunque aparece con frecuencia en sus expresiones. Sin embargo, no es la primera vez que la escuela argentina tiene que procesar la muerte y las ausencias. Tampoco, en que fue protagonista clave de un proceso de reconstrucción. Por eso, al igual que nos digitalizamos a la fuerza, mientras hagamos ese proceso de recuperación deberemos volver a pensarnos: en nuestra función y en nuestro lugar social.Cierre-de-clases_03La escuela va a ser objeto e instrumento a la vez (como en otros momentos fundacionales). No destinar tiempo, a pesar de la urgencia, a pensar estas cuestiones; limitarnos a responder la pregunta de “cómo volvemos a clase” es un pecado de omisión grave. La pregunta fundamental es qué tipo de mundo querremos construir desde las escuelas. Así como aceptamos este estado de excepción, discutir las formas de una nueva humanidad y el papel que la escuela tendrá en ellas es una manera de dar sentido a este tránsito por una cotidianidad ominosa.Doy clases a adolescentes que recién empiezan su secundaria, y a chicas y chicos que la están terminando. Lo que encuentro es una demanda constante de respuestas, predisposición a trabajar, pero también un cansancio, incertidumbre y desazón crecientes. Es lógico. Lo que ellas y ellos están viviendo es inédito y  desmesurado, agravado por la escasa preparación de los docentes para afrontarlo. Y para que estos jóvenes puedan salir de esto menos golpeados tendremos que aprender a quererlos, cuidarlos y enseñarles todavía más, y eso va a requerir todavía más fuerzas. En cualquier planificación tales cosas deberán ser contempladas porque dirán tanto de este momento como del tipo de vínculos humanos y construcción de conocimiento que esperamos en el futuro. Cómo los cuidamos hoy, sencillamente, es lo que están aprendiendo a hacer después. La tarea estratégica, mientras preservamos su momento específico de adolescentes, es pensar cómo construimos una sociedad que sea inversamente proporcional a esta pandemia que mata y destruye los lazos.Reducir los futuros cambios a la obligada virtualización de la educación o al cumplimiento de las normas sanitarias es desconocer que en un contexto de desigualdad solo se agravarán las cosas. La pandemia ha producido un ajuste educativo, que acompaña al económico y social.Sobrevivir, la emergencia diaria, no pueden quitarnos la posibilidad de imaginar el futuro. Eso ya sucedía sin pandemia: el capitalismo instalado de modo irreversible reducía la educación a adaptarse a él como único horizonte posible. Un mundo con esperanzas, pero sin utopías. ¿Cuál es nuestra esperanza hoy, además de sobrevivir? ¿Y qué utopía alimentaremos a partir de ella? El futuro que imaginemos necesitará que redefinamos lo que tendemos por educación, pero no alterará su condición esencial: allí el trabajo de docentes y estudiantes es una tarea artesanal de tejido de lazos, en un contexto de disolución de límites espacio –  temporales que favorece situaciones estructurales injustas y que el aislamiento agravó.La construcción de lazos, el mutuo cuidado, no solo son micro resistencias ante la pandemia, sino aprendizajes para la sociedad futura. Por eso no alcanza con desear que sea libre e igualitaria, sino que habrá que hacerla así. Porque aprendimos que ni siquiera una pandemia, el riesgo de su propia vida, frenó a quienes buscan su beneficio aún al costo de la autodestrucción o pensando solo en ellos. En las escuelas resistimos a ese proceso y aprendimos de y con nuestros estudiantes a sostener una humanidad incluyente, aún a pesar de esas tendencias, a las que el coronavirus ha fortalecido tanto como a nuestra voluntad de revertirlas.

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/volver-al-aula-para-reconstruir-una-sociedad/

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“La trama de la frontera”: un audiovisual para pensar y debatir

Compartimos este documental titulado La Trama de la Frontera realizado por Andrés Brandáriz, promoción 2011, con la colaboración en la locución de Vanina Fabiak, promoción 1979.

El propósito de este documental es historizar y poner en discusión la historia de la frontera Pampa-Patagonia en el largo plazo, desde el período colonial hasta la llamada “Conquista del Desierto” en 1879.

Este proyecto es fruto de un trabajo de equipo interdisciplinario, que articula la producción académica con la divulgación y pone en escena diversas voces. La investigación histórica estuvo a cargo de las doctoras Sol Lanteri y Victoria Pedrotta, investigadoras del CONICET en Historia y Arqueología respectivamente. El guión fue desarrollado por el equipo de Investigación del Museo Roca y la realización estuvo a cargo del documentalista Andrés Brandáriz.

“La trama…” plantea la historia de las fronteras en su complejidad a lo largo del tiempo, intentando desarmar la idea de que esta ha sido a lo largo del tiempo una suerte de muro entre la sociedad blanca-criolla y los pueblos indígenas. Propone plantear la existencia de relaciones inter-étnicas, comerciales, políticas y humanas a uno y otro lado de estos espacios territoriales. También explica las razones por las cuales en determinados momentos se impuso la violencia, así como las claves para comprender y discutir el avance militar del Estado nacional que arrasó a las sociedades indígenas soberanas que habitaban la región Pampa-Patagonia a fines del siglo XIX. Asimismo invita a la reflexión en torno a la integración y las representaciones de y hacia los pueblos indígenas en el presente de nuestro país.

Para la realización de este trabajo, el equipo del Museo ha viajado a lugares muy importantes en la historia de fronteras, tales como Azul en la Provincia de Buenos Aires y Choele-Choel en Río Negro. Hemos entrevistado a referentes de comunidades indígenas, pobladores/as e investigadores/as en torno a esta problemática. La cuestión de fronteras y de los vínculos entre el Estado nacional y los pueblos indígenas es fundamental para nuestro Museo y por eso nos pareció muy importante abordarla mediante esta propuesta.

Para ver el documental puede hacer click en la imagen o aquí.

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Martín Kohan: “Me interesa el olvido colectivo”

Compartimos la siguiente entrevista, publicada por el portal digital del diario español “El Pais” debido a los dos nuevos trabajos literarios de Martín Kohan, promoción 1985. Recordemos que el escritor ha visitado la Asociación ya en dos ocasiones, en el marco de los Encuentros de Lectura que hoy se dan también en formato digital.

El 19 de marzo de 2020, cuando en la Argentina comenzó el confinamiento obligatorio debido a la pandemia de la covid-19, el escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) envió este mail desde la casa de Palermo, Buenos Aires, donde vive: “Hoy es el primer día en más de 30 años que paso sin ir a un bar. No perdí las ganas de vivir, pero se me han debilitado fuertemente”. Pasa muy poco tiempo en las casas que habita. En él, frases como “Siempre voy a estar mejor en un bar que en mi casa” dan cuenta de una manera de habitar la ciudad que es, sobre todo, una manera de escribir: lo hace a mano y en bares. La compañía indiferente de los extraños produce lo que necesita para concentrarse: un vaivén entre ensimismamiento y dispersión. Como además usa un teléfono celular antiguo, sin Internet, el carácter de cápsula que adquieren esos espacios es absoluto. En el confinamiento, la imposibilidad de salir, sumada a la posibilidad de conectarse en todo momento, aseguraba que el impacto de la desconcentración se desplegaría en grado máximo. Sin embargo, un martes de junio por la tarde, cuando lleva más de 80 días encerrado, dice:

—Yo nunca había pasado un día completo en mi casa. Entonces pensé que no iba a poder. Y pude especialmente bien. Dije: “Si es adentro, reforcemos el adentro”, y empezó a tener los beneficios del aislamiento. Hay una cantidad de tiempo dedicado a compromisos sociales que ahora no existen, y eso es un descanso. Las dos cosas que extraño son los cafés y el fútbol, pero partidos no hay y los cafés están cerrados. Eso me ayudó a calmarme: entender que no me los estoy perdiendo, que no hay.

Improvisó un espacio de trabajo en la que fue durante años la habitación del hijo de su mujer. Kohan no lo llama “mi estudio”, sino “el cuarto de Jeremías”, para subrayar el carácter transitorio de la situación, y pasa horas allí dando clases de Teoría Literaria para cinco universidades a través de la plataforma Zoom, inmerso en el mundo digital al que sigue siendo reacio (“Para mí esto no va a durar un minuto más de lo necesario”). Ahora está en ese cuarto, de espaldas a una bandera del club Boca Juniors, uno de los equipos de fútbol de los cuales es hincha —o devoto—; el otro es el Defensores de Belgrano. La bandera pende del techo, y se mantiene allí incluso cuando da clases. Viste igual que siempre: una camiseta deportiva Adidas, presumiblemente zapatillas de la misma marca, presumiblemente jeans, pero no se sabe porque permanece sentado, hablando durante casi cuatro horas. Tiene una energía que se renueva anfetamínicamente cada vez que cambia el curso de la charla: del Boca Juniors a la cuarentena y de ahí a la hiperconectividad y de ahí al ensayo sobre las vanguardias que terminó hace poco (“Lo terminé ayudado por esto, porque no hay fútbol y yo al fútbol le dedico una cantidad de horas tremenda: ir a ver al Boca son dos horas de partido, más dos de espera, más una para ir y una para volver. Más los partidos de la tele”). Su afición por hacer listas le permite saber que, en confinamiento, ha dado 48 clases, ha escuchado 208 discos: 14 de Nick Cave, 43 de los Rolling Stones, todos los de King Crimson.

De ese gusto surgieron las ganas de escribir uno de los dos libros que publica ahora, Me acuerdo (Ediciones Godot, Argentina), que toma el formato del I Remember, de Joe Brainard, de 1970, que a su vez tuvo una versión de Georges Perec en 1978 —Je me souviens—, y que consiste en recuerdos fragmentarios que en el caso de Kohan se detienen a sus 12 años, el fin de la infancia.

El otro libro, que publica Anagrama, es una novela llamada Confesión, tres secciones distintas conectadas por dos personajes: Mirta López, la abuela del narrador, y Jorge Rafael Videla, el militar que llegó al poder con el golpe de 1976, y bajo cuyo mandato trascurrieron los años más siniestros de la dictadura argentina. Pero Confesión no es una novela sobre Videla ni sobre la dictadura ni sobre las abuelas, sino sobre las múltiples maneras en que la monstruosidad convive perfectamente con —o proviene de— la absoluta normalidad.

Hasta los seis años, Martín Kohan fue el rostro de varias publicidades. Nació y creció en una familia judía formada por su madre, Sara, empleada administrativa de una empresa que fabricaba relleno para almohadas y acolchados; su padre, Aaron, que se dedicó a la venta y fabricación de muebles, y una hermana menor. En la familia el dinero no sobraba, y alguien pensó que él, rubio de ojos azules, podía ser una buena cara para la publicidad. Lo fue: desde los cuatro años protagonizó avisos de flanes, pantalones, jugos, hasta que a los seis dijo —o dice que dijo—: “Para un chico de seis años estudiar y trabajar es mucho. Quiero dejar las publicidades”. Más allá de ese trabajo pasajero, la vida que llevaba entonces —bicicleta, amigos, fútbol, colegio judío privado, todo aconteciendo en el barrio de Núñez, lejos del centro— puede resumirse en una palabra: felicidad.

—Yo tenía una conciencia plena de que la infancia me fascinaba y la adolescencia no tenía nada para ofrecerme. A mis 12 años, la melancolía por la pérdida ya estaba activada, y yo no hacía más que ver cómo iba perdiendo la infancia. A mis 15 años nos mudamos, y yo volvía caminando a mi casa de infancia, me sentaba en el umbral y miraba con melancolía. Ese mundo se estaba terminando. Y quedó sellado como mundo de la infancia.

Ese sello se expresa en la continuidad de ciertos hábitos, tales como la ingesta exclusiva de lo que llama “comida normal” (que excluye extravagancias como el sushi e incluye sólo platos como el bife con ensalada y la milanesa con papas fritas), y también en su ausencia: no bebe, no fuma, no baila, no se droga.

—Yo soy melancólico. Hay días en los que no tengo melancolía y tengo ganas. Y la fabrico. Es fácil: a la tardecita ponés Leonard Cohen, Nick Cave, y fabricás melancolía. Mi relación con la infancia es de muchísima nostalgia.

En esa infancia está anclado el Me acuerdo que es, sin embargo, un libro exento de melancolía.

—Porque yo soy así en la vida. No soy así en la escritura. El que lea el Me acuerdo suponiendo que es un testimonio personal que le permitiría conocerme, estaría dando un paso en falso.

El Me acuerdo de Kohan recoge destellos que se apagan apenas después de iluminarse: “Un día mi papá tuvo que ir al colegio David Wolfsohn a hacer un trámite. Se asomó al patio y me vio en mi función de salvador de goles. A la noche en mi casa me preguntó por qué no jugaba como todos los otros chicos”. No pretende ser un catálogo de los mejores o los peores momentos, no hay pena, no hay alegría. Hay una voz autoral impávida que consigna: a los confites Sugus había que chuparlos sin morderlos hasta acabar con la capa de azúcar que los recubría; el número de teléfono del mejor amigo de la infancia era tal. Se adivina cierta fecundidad fría en la escritura: como si la memoria de Kohan se hubiera abierto en determinados momentos y él hubiera escogido de ese vergel de recuerdos cálidos sólo algunas fotos fijas congeladas.

—El libro surgió porque leí el Me acuerdo de Brainard, y el de George Perec, y me dieron ganas de escribir. Antes de esto tuve dos ofrecimientos de escrituras autobiográficas. Un texto de mi relación con la lectura y otro sobre el Boca, y no pude. Me desalentó tener que involucrar mi memoria afectiva. El formato del Me acuerdo requiere un desapego. Vas registrando los recuerdos, sin involucrar el factor emocional. Ponés los recuerdos como se ponen fotos en un álbum. Es registrar y presentar. Al no narrar, o al tener que no narrar, no puede haber desarrollo de la anécdota: a la narración hay que comprimirla o cercenarla. Los recuerdos se consignan.

Lo que resulta es un retrato de época —entendiéndose por eso cualquier infancia, pero también la muy específica de un niño judío en la Argentina de los años setenta—, que pasa de un nodo de memoria al siguiente —el colegio, la familia, los amigos, las vacaciones—; un libro contenido y prescindente, dos sentimientos que nada tienen que ver con la relación desbordaba e hipernostálgica que sostiene con ese periodo de su vida.

—Yo echo todo de menos. Veo a mis viejos vecinos que siguen en el barrio y me parece admirable esa permanencia. Ellos lo lograron, y yo no. Lograron la permanencia. Yo tengo fantasías de permanencia. Admiro a dos personas de mi edad que dicen: “Somos amigos desde el secundario”. Parejas que pasan toda su vida juntos. Gente que vivió siempre en el mismo lugar. El “toda la vida” me fascina. Y no me salió. Pero no soy inconstante. Soy un inconstante fracasado. Tengo todas las características del temperamento constante. Me gusta vivir en el mismo lugar, comer siempre lo mismo, vestirme siempre con la misma ropa. Lo otro es que no me sale.

El Me acuerdo se detiene a sus 12 años, cuando ingresó al Nacional Buenos Aires, un colegio del Estado de enorme prestigio.

—Mi papá había estudiado hasta tercer año del secundario. Sin embargo, me dio dos consejos determinantes: ir al Nacional Buenos Aires y hacer la carrera de Letras. Me parece que su idea era ponerme en el lugar de mejor formación y más exigencia. Otros factores no entraron en juego: la represión política de la dictadura, un colegio en el que había más de 100 desaparecidos.

Pasó dos años difíciles, negándose a ser adolescente —“salía, iba a las fiestas, y me aburría tremendamente”— hasta que, a los 16, se puso de novio y decidió pasar, sin escalas, a la vida adulta. Después, entró a la Facultad de Filosofía y Letras, consiguió un empleo como periodista deportivo que le permitía ir a la cancha gratis. En 1990 se recibió, se dedicó a la docencia y empezó a escribir. En 1993 publicó su primera novela, La pérdida de Laura. Desde entonces produjo una obra prolífica de cuentos, ensayos y novelas, con un punto de inflexión en 2002, cuando Dos veces junio, una novela que transcurre durante el único partido que Argentina perdió en el Mundial de 1978, lo colocó en el lugar de un narrador ineludible. La dictadura argentina aparece de diversas maneras en su obra (en Ciencias morales, de 2007, ganadora del Premio Herralde, una preceptora del colegio Nacional Buenos Aires se esconde en el baño de varones con el pretexto de descubrir a quienes se ocultan para fumar, mientras la dictadura sobrevuela desde un fuera de cuadro ominoso; en Cuentas pendientes el protagonista tiene un trabajo gris para el mismo militar de cuyas manos recibió, siendo beba, a su hija adoptada, hija de desaparecidos), pero no es la dictadura que vivió, la que recuerda.

—Ni siquiera se trataba de sostener una vida normal frente al horror de lo que estaba pasando afuera. Yo no tenía información de eso, ni en mi casa estaba demasiado presente. Vivía a siete cuadras de la ESMA, uno de los mayores centros de detención clandestinos. Y lo que me queda de ese lugar es el recuerdo del miedo que me daban los carteles que decían “Prohibido estacionar o detenerse, el guardia abrirá fuego”. Yo tenía miedos de infancia: ¿si pinchamos una rueda qué pasa? Mis padres decían: “No, se darían cuenta de que pinchamos una rueda”. Ese miedo, al no tener el contexto político, cobra la forma de lo fantasmal. El terrorismo de Estado aunó el miedo concreto, y la fantasmalidad de un clima de miedo. La intimidación del miedo consistía en que fuera al mismo tiempo concreto y fantasmal.

Ese miedo concreto y fantasmal late en Confesión, donde el lenguaje escueto, labrado de manera obsesiva, produce un efecto de amplificación del horror al punto que la novela parece enferma por dentro de una manera apenas contenida por una corteza tensa, una cáscara que se prepara para supurar.

Confesión está dividida en tres secciones. En la primera, el nieto de Mirta López, una mujer anciana con deterioro cognitivo, narra lo que su abuela le cuenta, esto es, la fascinación que sintió a sus 12 años por el hijo mayor de los Videla, un muchacho adusto, impecable, llamado Jorge Rafael. Ese adolescente, oriundo como ella de la ciudad de Mercedes, bautizado con los nombres de dos hermanos mellizos fallecidos, será décadas más tarde un dictador atroz —los datos biográficos de la novela se corresponden con los de la vida real de Videla—, pero ni Mirta López ni el narrador hacen alusión a eso. La mujer le ha contado a su nieto cosas que sólo alguien con la desinhibición que otorgan los 90 años y un poco de senilidad puede contar: las formas en que, cuando vivía en Mercedes, su cuerpo pubescente reaccionaba ante la presencia del hijo mayor de los Videla, reacción que purgaba peregrinando al confesionario del padre Suñé, que, al principio sin hacerle mucho caso, la mandaba a rezar un par de avemarías. La historia empieza a anegarse en la misma lubricidad que anega el cuerpo de Mirta López, que reza y se humedece mientras espía al objeto de su desvarío, y destila una lubricidad desviada, seca y desagradable, un espejo —el sexo hermano de la muerte— de las aberraciones que ese hombre que la enciende producirá décadas más tarde. Simula cruzárselo en la calle, se arrebata cuando él se sienta a su lado durante la misa: “La nuca admirable del hijo mayor de los Videla, que se despejaba ante sus ojos con un orgullo de frente o de rostro (…) el hijo mayor de los Videla parecía hecho de acero. Cuando se arrodilló para rezar, bajando la cabeza en la oración, su nuca resplandeció y se tensó, se iluminó como las revelaciones, le sugirió trascendencias. Ella tembló. Un éxtasis de divinidad la invadió y juntó las manos para dar gracias a Dios”.

—Me pareció que la nuca era el espacio donde se expresaba lo impoluto del asesino. Lo que la fascina a Mirta López es que Videla es impoluto. ¿Puede alguien ser un asesino y ser impoluto? Sí. ¿Puede alguien ser responsable de las mayores atrocidades de la historia argentina y ser perfectamente circunspecto; ser, él mismo, estrictamente moral? Sí. La combinación es perturbadora. Es una novela sobre la fascinación. La fascinación no atenúa el horror. Tenía que haber en el personaje de la abuela una mezcla de inocencia e hijaputez. Eso habilita la impunidad del relato. Porque si es la inocencia pura de alguien que se equivoca de buena fe, la novela es blanda. Y si es una hija de puta, la novela es lineal.

La primera parte es una ascensión incómoda hacia el estallido de un onanismo extraviado, no por el acto en sí, sino por quien lo inspira: “Pudo verlo: de cerca y de frente. Y él, ¿la vio? ¿La miró? ¿Reparó en ella? Daba toda la impresión de que no. Su mirada se mantenía alta y al frente, inexpresiva. Eso a ella, Mirta López, no sólo no la defraudó, sino que fue lo que terminó de encenderla. Altivo a la vez que humilde, tan a su alcance y a la vez tan por encima”. Mirta López llega a su casa “con la boca seca y el cuerpo húmedo”, y “apenas se echó en la cama, la cara hundida en la almohada, los brazos apretados al cuerpo, empezó ese remolino, la cosa que ella, en el confesionario, había denominado así. (…) Se apretó contra la cama, empujando con la cintura, como si estuviese en una playa, tirada sobre la arena, y quisiese no ser vista. Apretó y después soltó. De nuevo apretó. De nuevo soltó”.

—En algunos momentos lo siniestro se activa sobre la base de que algo está siendo evidente y nadie lo nombra. Y se produce un choque, que presumo perturbador, entre lo que el lector advierte que está pasando y el silencio respecto de eso que está pasando. En esta novela lo siniestro se desprende de cierta integración a una normalidad. Lo siniestro es esa normalidad capaz de absorber e integrar lo horroroso. La vida normal sigue como si tal cosa. Lo siniestro es el “como si”: como si no pasara nada.

La segunda parte narra un episodio de la historia argentina que permanece olvidado: la Operación Gaviota, el atentado fallido que el ERP —Ejército Revolucionario del Pueblo, una organización guerrillera de izquierda— llevó a cabo el 18 de febrero de 1977 contra Videla, colocando dos bombas bajo la pista de aterrizaje del Aeroparque metropolitano que debían detonar cuando el avión en el que él viajaba estuviera a punto de levantar vuelo.

—Me interesa mucho el olvido. Los olvidos colectivos y los falsos recuerdos. El atentado contra Videla ni siquiera ocupó un lugar destacado en los diarios. El discurso periodístico reseñó el atentado y reforzó la idea de lo ileso: salió ileso, no pasó nada. Y algo de enorme importancia, un atentado contra el dictador que estuvo a punto de tener éxito, quedó como un incidente menor.

La última sección transcurre en la residencia para ancianos donde vive Mirta López. Ella y su nieto juegan un partido de naipes manteniendo una conversación banal, con trazos que dan cuenta del carácter difícil de la mujer, que trata a su cuidadora con arrogancia y desconsideración. Pero, de a poco, Mirta López se adentra en un relato que involucra a su hijo, el padre de su nieto, y ya no parece tan cándida, ni tan inocente, ni tan senil, sino alguien que avanza pornográficamente sobre su secreto más impune, sin dar señales de contrición: “Habrá sido en esos días, dice mi abuela, que pensé en hablar con el coronel. Yo tengo el mazo de cartas en la mano. Pero apretado y quieto: inmóvil. ‘¿Estás dormido o qué?’, me dice ella, ‘Hay que mezclar las cartas, hay que mezclarlas’. Me pongo entonces a mezclar. Pero siento los naipes más blandos en las manos, demasiado flexibles, como humedecidos”.

En su Me acuerdo, Kohan consigna: “En 1977, mi papá me llevó a la cancha del Boca a ver un partido de la selección argentina. Antes, almuerzo en una cantina de la Boca. Durante el almuerzo, foto con la Pantera Rosa”. El estremecimiento no proviene de lo que dice, sino de lo que suprime: que 1977 fue uno de los años más sangrientos de la dictadura, que mientras él iba a la cancha y se sacaba fotos con la Pantera Rosa estaban torturando a miles. El horror es más horror cuando todo sigue como si no pasara nada. Así, en el final de la novela, haciendo uso del truculento poder de la omisión, Kohan activa el dispositivo silente que late en el oscuro centro del relato que, ahora sí, se retuerce, convulsiona, se doblega ante la condición revulsiva, evidentemente humana, de sus protagonistas.

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